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Cuando estar bien se confunde con no sentir: una mirada desde la DBT


Muchas personas llegan a terapia con una idea muy clara de lo que buscan: dejar de sentirse mal. Quieren que la ansiedad desaparezca, que la tristeza se vaya, que ese malestar interno difícil de explicar deje de existir. En el fondo, el deseo no siempre es sentirse mejor, sino no sentir.


Esta confusión tiene mucho sentido. Vivimos en una cultura que suele asociar el bienestar con una idea irreal de felicidad permanente, como si estar bien implicara sentirse bien todo el tiempo. La angustia, el enojo, la tristeza o el miedo se interpretan como señales de que algo no está funcionando, en lugar de emociones humanas normales. Bajo esa lógica, “estar bien” se convierte en un estado donde las emociones incómodas no deberían existir.


Sin embargo, desde la psicología sabemos que esta expectativa no solo es irreal, sino que puede intensificar el malestar.


El problema no es sentir, sino luchar contra lo que sentimos


Las emociones, incluso las más incómodas, cumplen una función. Informan, alertan, protegen y señalan necesidades. El conflicto con nuestras emociones suele aparecer cuando intentamos controlarlas, evitarlas o eliminarlas a toda costa. Frases como “no debería sentirme así”, “esto no es para tanto” o “tengo que calmarme” reflejan una lucha interna que, lejos de aliviar, suele aumentar la ansiedad, la culpa y la autocrítica.


Cuando intentamos suprimir, o “no sentir” una emoción, esta rara vez desaparece. Más bien encuentra otras formas de manifestarse: tensión corporal, rumiación constante (el famoso overthinking), irritabilidad, impulsividad o agotamiento emocional. La paradoja es que cuanto más intentamos no sentir, más intenso se vuelve aquello que queremos evitar.


Sentir no es perder el control


Uno de los miedos más comunes frente a las emociones intensas es la idea de que, si las dejamos estar, nos van a desbordar. Muchas personas asocian sentir con perder el control, cuando en realidad son dos procesos distintos. Sentir una emoción no implica actuar impulsivamente ni quedar a merced de ella.


En la mayoría de los casos, el problema no es la intensidad emocional, sino la falta de herramientas para atravesarla. Nadie nos enseñó qué hacer cuando el malestar aparece de golpe, cuando el enojo sube o cuando la tristeza parece consumirnos. Sin recursos, es lógico que las emociones se vivan como amenazantes.


Lo que propone la DBT: aprender a atravesar, no a eliminar


La Terapia Dialéctico-Conductual (DBT) parte de una premisa clara: Aceptar el momento presente es clave para poder cambiarlo. La aceptación y el cambio pueden coexistir. Entonces, el objetivo no es dejar de sentir, sino aprender a relacionarnos de otra forma con lo que sentimos, aceptando ese malestar para poder disminuirlo. La DBT no promete una vida sin malestar. Propone, en cambio, desarrollar habilidades para que las emociones no dirijan nuestras decisiones ni deterioren nuestra calidad de vida.


Desde este enfoque, sentirse mal no es un fracaso. Es parte de la experiencia humana. Lo que marca la diferencia es cómo respondemos a ese malestar.


Tolerar el malestar cuando no se puede cambiar


Hay momentos en los que no es posible modificar de inmediato lo que sentimos o lo que ocurre a nuestro alrededor. Pérdidas, rupturas, transiciones vitales, conflictos o situaciones fuera de nuestro control generan emociones intensas que no se resuelven rápido. En estos casos, la DBT introduce las habilidades de tolerancia al malestar.


Estas habilidades no buscan “arreglar” la emoción, sino ayudarnos a atravesar el momento sin empeorar la situación. Se trata de aprender a autogestionarse cuando duele, de una manera que no sea punitiva, sin actuar desde la urgencia y sin huir de la experiencia emocional. A veces, sobrevivir emocionalmente ya es un logro importante.


Mindfulness y regulación emocional: cambiar la relación con lo que sentimos


Otro pilar fundamental de la DBT es el mindfulness, entendido no como relajación forzada ni como dejar la mente en blanco, sino como la capacidad de estar presente con el momento actual. Observar la emoción sin juzgarla, nombrarla y permitir que esté ahí reduce la lucha interna que tanto desgaste genera. Piensalo de la siguiente manera: una situación incómoda que no podemos controlar en el momento presente ya de por sí genera sufrimiento; luchar contra ella o desear que desaparezca incrementa el sufrimiento. El mindfulness nos invita a aceptar el momento presente para poder cambiarlo, y de esta forma esa aceptación hace que baje parte del malestar.


La regulación emocional, por su parte, no significa controlar las emociones ni suprimirlas. Implica comprenderlas, identificar patrones, reconocer vulnerabilidades y responder con mayor intención. Con práctica, estas habilidades transforman la relación con el mundo interno: las emociones dejan de ser enemigas y se convierten en señales que pueden escucharse sin miedo.


Estar bien no es no sentir


Estar bien no significa vivir sin tristeza, sin ansiedad o sin incomodidad. Significa poder atravesar emociones difíciles sin que definan quién eres ni dirijan tu vida. Significa entender que el bienestar no es ausencia de dolor, sino la capacidad de sostenerte incluso cuando duele.


La DBT ofrece un camino para desarrollar esa capacidad: no desde la exigencia de estar bien todo el tiempo, sino desde el aprendizaje, la práctica y la autocompasión. Porque a veces, el verdadero cambio no ocurre cuando dejamos de sentir, sino cuando aprendemos a quedarnos con lo que sentimos sin hacernos daño.


Aprender a relacionarnos de otra forma con nuestras emociones no ocurre de la noche a la mañana, ni implica dejar de sentir. Implica acompañar lo que aparece con más conciencia, herramientas y compasión. La Terapia Dialéctico-Conductual ofrece un marco claro y basado en evidencia para desarrollar estas habilidades y construir una relación más estable con el malestar emocional. Si sientes que este enfoque puede acompañarte en tu proceso, actualmente ofrezco terapia desde DBT y puedes agendar una cita conmigo para iniciar un espacio de trabajo terapéutico.


 
 
 

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